MODERNIZACIÓN Y RESISTENCIA POPULAR PRIMITIVA

Por Manuel Salgado Tamayo 

A partir de La guerra del fin del mundo, de Rebeldes primitivos y de La pobreza del progreso, se recrea la idea de que el bandolerismo y el milenarismo fueron gérmenes de movimientos de protesta y resistencia popular en América Latina.

La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, es un ejercicio de palimpsesto o, mejor, de interpretación y sobreinterpretación construido sobre el recuento de la campaña de Canudos — inmortalizada por el brasileño Euclides da Cunha en Os Sertões sobre un hecho histórico real— que pasa por el tamiz de la lectura, la escritura, la reescritura y una minuciosa investigación de los hechos, en un perfecto ejemplo de canibalismo literario que termina por nutrirse de los elementos aportados por Da Cunha para crear un nuevo ser que universaliza un hecho histórico con los ingredientes propios de la gran literatura de ficción. Los estudiantes y los estudiosos de las ciencias económicas saben que en los clásicos es frecuente la intertextualidad, de modo que para ellos no es nuevo abordar múltiples enfoques que explican el atraso y la pobreza de nuestros pueblos.

Por otro lado, en un novedoso libro sobre la América Latina del siglo XIX, La pobreza del progreso, Bradford Burns sostiene la hipótesis de que el conflicto cultural que caracterizó a la América Latina del siglo XIX fue la lucha entre las élites «cada vez más enamoradas de la modernización, primero de una Europa en vías de industrializarse y después de Estados Unidos», que insistían en la necesidad de «importar e imponer esos modelos extraños a sus incipientes naciones» (Bradfords, 1990, p. 15). Esas élites, deslumbradas ante los primeros resultados de la revolución industrial y el progreso: los ferrocarriles, los buques de vapor, la electricidad, la maquinaria, las modas de París y los textiles ingleses, optaron también por aprenderse de memoria las teorías de la ilustración, el evolucionismo y el positivismo para imponerlas sobre un entorno socioeconómico y cultural local que no tenía ninguna similitud con Europa o Norteamérica. Lo más grave fue que en el debate de lo que podríamos llamar las ideas económicas de la época, que enfrentó a librecambistas con proteccionistas, se impusieron los primeros dando como resultado la destrucción de los aparatos productivos agrícolas y manufactureros, heredados de la colonia, que no pudieron resistir los impactos de la artillería de los ingleses simbolizada por la penetración de mercadería de mejor calidad y más bajo precio. El resultado irónico de la europeización y el progreso fue el empobrecimiento de la mayoría de los latinoamericanos, quienes al finalizar el siglo no estaban en mejores condiciones que cuando empezaron la creación de los Estados nacionales.

Mientras los pobres se sumían en un desamparo generalizado, los historiadores se dedicaron a preservar la memoria y glorificar a las élites; la historia de las clases subalternas fue sepultada y no es fácil reconstruir manifestaciones culturales mantenidas en la tradición oral. Civilización y barbarie, el célebre libro de Domingo F. Sarmiento, «es un himno triunfal a Europa y una ofensa a Argentina» (Bradfords, 1995, p. 64), pero las élites porteñas siguen intoxicando a la juventud argentina con la lectura obligatoria de ese texto. Por suerte en América Latina «no todas las élites adhirieron a la idea de modernizar sin mediación», y existe un pensamiento original, crítico y propio en, por ejemplo, los argentinos Juan Bautista Alberdi y José Hernández, el boliviano José María Dalence, el cubano José Martí y los brasileños Silvio Romero y José de Alencar.

Y hay que decir que no todos los gobernantes fueron sometidos a las potencias; hay una numerosa presencia de caudillos populares como Juan Facundo Quiroga, Juan Manuel Rosas y, sobre todo esa figura apasionante e inmortalizada por Augusto Roa Bastos en Yo, el supremo: José Gaspar Rodríguez de Francia y los hermanos López que hicieron del Paraguay la economía más floreciente de América Latina, aunque, como siempre, ese mal ejemplo para los pueblos fue truncado con la Guerra de la Triple Alianza, que en realidad era de cuatro contra Paraguay. Cuando empezó la guerra, Paraguay tenía 1.300.000 habitantes; cuando terminó, sobrevivieron 300.000 personas, la mayoría mujeres, ancianos y niños.

Pero en América Latina estuvo también la interminable resistencia indígena, cuyos valerosos pueblos —Chile, Argentina y Brasil— combatieron y sobrevivieron a la occidentalización que tuvo procesos tan genocidas como en Norteamérica. Los indios de la América Latina indígena rechazaban la educación, la cultura, la economía y las leyes que lo único que buscaban era volverlos sujetos funcionales a la extracción de plusvalía del capitalismo. En el Ecuador, las sublevaciones campesinas indígenas se repitieron a lo largo del siglo XIX. En 1871, durante la dictadura del teócrata García Moreno, se produjo la rebelión de Fernando Daquilema en Chimborazo; un tribunal lo condenó a la pena de muerte y los historiadores del sistema lo borraron por un tiempo de la historia oficial.

También los negros propiciaron centenares de revueltas en los países a los que habían sido conducidos como esclavos desde su nativa África. En 1835 se produjeron nueve revueltas negras en Bahía; con razón se considera que aún está por hacerse la historia de las rebeliones y resistencias de los pueblos negros frente a la esclavitud y las políticas de modernización del siglo XIX.

 Es en ese contexto que la protesta popular no solo asumió la forma de rebeliones, sino también de bandolerismo y movimientos milenaristas que se multiplicaron en el siglo XIX. A Eric Hobsbawm les corresponde el mérito de haber dado las pautas para considerar al bandolerismo como una forma de protesta social en su libro Rebeldes Primitivos, en el que estudia las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX (Hobsbawm, 1974, pp. 93-164). Brasil ofrece varios ejemplos de bandolerismo y milenarismo, pero sin duda su caso más paradigmático es la zona de Canudos —Estado de Ceará, nordeste— transformada en una leyenda viva por la genialidad de Euclides da Cunha y, ahora también, por la soberbia novela de Mario Vargas Llosa. Burns (1990) condensa la historia real en los siguientes términos:

Antõnio Conselheiro atrajo a Canudos (1893-1897) multitudes de devotos disgustados con el Brasil contemporáneo y esperanzados en lograr algún progreso. Hablando en general, Canudos puso en entredicho a las instituciones opresivas que favorecieron a la élite. El complejo movimiento que apareció en el interior de Ceará y que estuvo asociado con el padre Cícero comenzó en 1889, cuando, según se cuenta, la hostia que administró el cura se convirtió en sangre en la boca del comulgante. La fama y la autoridad de difundieron rápidamente por todo el noreste, perduraron durante toda su vida (murió en 1934) y siguen siendo una fuerza con la cual hay que contar en esa deprimida región. El padre Cícero prometía una vida mejor para los que tenían fe y trabajaba para paliar la miseria de sus seguidores. (p. 146)

El primer loco que quiso ver la realidad del sertón a través de los esquemas conceptuales que le prestaban autores tan diversos y cuestionables como Lombroso, Spencer, Taine, Darwin, Comte, fue Euclides da Cunha que, virtualmente intoxicado por su cultura ilustrada, cientificista y positivista, la usó para comprobar la vigencia de sus teorías. Hay que decir, por respeto a su talento, que lo hizo con una enorme grandeza y honestidad y, por ello, es que su libro Os Sertões será por siempre el primer intento de ver al Brasil real como una síntesis de Europa, África y América.

Vargas Llosa fue más allá: hizo del sertón un desierto de palabras; hizo de la resistencia popular de Canudos una epopeya; hizo del Consejero —Conselheiro en portugués— un santo y un profeta extraño; hizo de La guerra del fin del mundo una radiografía elusiva del Brasil, país en el que la república oficial no coincide con el desamparo, la pobreza, el hambre y el atraso del país real, cuyos campesinos parecen más nostálgicos de las políticas de la monarquía que del progreso que le ofrecen las élites republicanas.

Toda la novela se transforma en una radiografía de filosofía política; en este caso parece decirnos que la imagen que tenía Brasil de sí mismo no se corresponde con la realidad, que el Brasil profundo no guarda relación con la inaugurada república, casi como ahora, cuando todos pensábamos que el milagro de Lula de sacar a 40 millones de brasileños de la pobreza y transformarla en la sexta economía más poderosa del mundo, significaba que su pueblo estaba contento y feliz y, de pronto, las manifestaciones en las calles de las grandes ciudades nos devuelven a la realidad.

Ante la imposibilidad de encriptar todos los universos que se cruzan en la fabulosa historia en La guerra del fin del mundo, podemos afirmar que la campaña de Canudos era, en esencia, un movimiento milenarista de resistencia a la modernidad europeizante, lo que se comprueba leyendo el juramento redactado por el Beatito, que pidió al gigante Joao Grande les tomara a todos los miembros de la Guardia Católica que debían preservar al Consejero, a sus ayudantes y al Coro de Mujeres encabezado por María Cuadrado:

Juro que no he sido republicano, que no acepto la expulsión del Emperador ni su reemplazo por el Anticristo. Que no acepto el matrimonio civil ni la separación de la Iglesia del Estado ni el sistema métrico decimal. Que no responderé a las preguntas del censo. Que nunca más robaré ni fumaré ni me emborracharé ni apostaré ni fornicaré por vicio. Y que daré mi vida por mi religión y el Buen Jesús. (Vargas Llosa, 1981, p. 201)

El milenarismo brasileño mira con nostalgia la monarquía, rechaza la república y proclama una sociedad sin Estado. La propiedad es comunitaria y sobre esa base los pobres logran satisfacer sus necesidades alimenticias. Predican y practican una moral ultraconservadora que se fundamenta en una variante de la ética cristiana. A este refugio llega el diputado Epaminondas, que crea el fantasma de una conspiración nacional e internacional que será derrotada por las fuerzas militares y policiales. Canudos ya no existe, las aguas de una represa borraron del mapa este cementerio colectivo y el Brasil sigue siendo el país de los más grandes latifundios del mundo, cuyos terratenientes, sin embargo, no han logrado destruir al Movimiento Sin Tierra, que es también la organización campesina más numerosa y combativa del planeta.