POLÍTICA Y ECONOMÍA: ASUMIR LOS RETOS ELECTORALES

POR BAYARDO TOBAR

Se trata de afrontar los problemas del presente desde los grandes postulados de transformación. A fin de cuentas, nosotros, como dijo A. Camus: «No podemos estar al servicio de los que hacen la historia, sino de quienes la sufren».

Democracia y dictadura no son dos momentos separados, al contrario, coexisten en un todo único y, sobre la base de determinadas condiciones, cada uno de los dos aspectos contradictorios se transforma en su contrario. Sin que medie un «golpe de Estado» ni se produzca un relevo de gobernantes, presidentes elegidos democráticamente terminan ejerciendo el poder de manera despótica y autoritaria. Los principios y valores de la democracia: la soberanía radica en el pueblo, participación, rendición de cuentas, fiscalización, son sustituidos por valores propios de los regímenes autoritarios: orden, disciplina, estabilidad, majestad del poder, estado de emergencia, polarización del mundo político en amigos y enemigos.

El que ello suceda no es simplemente una cuestión de excesos contingentes derivados de la personalidad del «príncipe». Aunque no tenga conciencia de ello, el «príncipe» es víctima de lo que Marx denomina el «fetichismo». El concepto del fetichismo en la política surge de la creencia de que el Estado y las instituciones son la sede del poder y el pueblo el obediente. Toda institución del Estado es —o mejor, debería ser— el lugar del ejercicio delegado del poder, como obediencia o «poder obedencial», pero no son las sedes del poder.

De otro lado, una economía capitalista dependiente como la ecuatoriana, con un modelo de acumulación sustentado en la producción y exportación de productos primarios, agrícolas y mineros, está sujeta a las vicisitudes del mercado mundial de las materias primas y los bienes primarios —commodities— con sus períodos de auge y caída. Si no existe la capacidad política para superar esa vulnerabilidad estructural, periódicamente, la economía se ve avocada a realizar «ajustes». Verdad notoriamente sabida que resulta una necedad repetirla, pero más grave que repetirla es negar ante las evidencias que el ajuste en la economía convierte a los equilibrios macroeconómicos de medio en fin de la política económica y que el ajuste —duro o blando— tiene como objetivo final preservar las ganancias del capital a costa de los salarios, la estabilidad y el empleo de los trabajadores; de los ingresos y la seguridad de la población.

Entre el fetichismo en la política y los ajustes en la economía, sucumben los derechos de la naturaleza, la soberanía y el Buen Vivir, de las organizaciones sociales de trabajadores, indígenas, y maestros. Todo, para alcanzar el mítico equilibrio de las finanzas públicas. No se trata simplemente de renegociar plazos y tasas de interés de una deuda usurera o de que las transnacionales utilicen tecnologías «amigables» con la naturaleza a cambio de la entrega de la biodiversidad y los territorios habitados por los pueblos originarios; se trata de afrontar los problemas del presente desde los grandes postulados de transformación. En esta perspectiva, constituye un imperativo ético demandar más democracia y libertades como el marco imprescindible para enfrentar la crisis y repensar la política económica al servicio del Hombre y no de los equilibrios macroeconómicos. Para sustituir la administración del sistema por su superación. A fin de cuentas, nosotros, como dijo Albert Camus, en su discurso de recepción del premio Nobel de literatura: «No podemos estar al servicio de los que hacen la historia, sino de quienes la sufren».