EL DEBATE SOBRE EL ACCESO A RECURSOS GENÉTICOS. PERSPECTIVAS DESDE EL ECUADOR.

Por Antonio Gaybor 

Hasta hace poco se consideraba al conocimiento tradicional como «patrimonio de la humanidad» y se pensaba que no tenía mayor significación a nivel científico, lo cual lo volvía prácticamente gratuito para las empresas que lucraban con él.

Lo que hoy en día se conoce como medicina tradicional corresponde al conjunto de informaciones recopiladas y transmitidas a través de la historia por todos los pueblos del mundo. Existen registros escritos que datan su existencia en más de 2500 años, como el tratado Charaka Somhita hindú, los tratados médicos Han de la China, las tablas de arcilla mesopotámicas o los papiros egipcios de Ebers (David et al., 2014, p. 2). En América, a pesar que la mayor parte de los documentos originales fueron quemados durante la Colonia, existen referencias sobre la medicina azteca y maya en el códice Florentino, el códice de Durán y el Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis. Pero si bien estos documentos son una importante muestra de la trascendencia de este conocimiento en la historia, se debe comprender que la mayor parte del mismo ha sido conservada y transmitida oralmente hasta nuestros tiempos.

A pesar de lo que comúnmente se cree, los avances de las ciencias médicas dependen mucho de información obtenida de plantas y del conocimiento tradicional asociado a ellas. De hecho, más del 50% de los medicamentos comercializados con éxito en Estados Unidos fue desarrollado a partir de fuentes naturales (Craigg y Newman, 2003) y durante los últimos 40 años, al menos una docena de fármacos potentes se han obtenido directamente de plantas (Gurib-Fakim, 2006, p. 4).  En un estudio realizado por Farnsworth (1985) a una muestra de medicamentos comercializados en Estados Unidos, se halló que el 25% contenía extractos de plantas o principios activos derivados de plantas y que al menos 119 sustancias químicas, derivadas de 90 especies vegetales pueden ser consideradas como importantes fármacos en uso en uno o más países. Además de estos 119 fármacos, el 74% fueron descubiertos como resultado de estudios químicos dirigidos al aislamiento de los principios activos de las plantas utilizadas en la medicina tradicional (Gurib-Fakim, 2006, p. 12). Sin embargo, y a pesar de todas estas cifras, todavía queda mucho por ser descubierto en la gran biblioteca de la naturaleza; hasta el momento se ha estudiado solamente un 5% de las cientos de miles de especies vegetales existentes, y el 85% de ellas ni siquiera ha sido evaluada fitoquímicamente (Prasad et al., 2012).

Además del uso farmacológico de los principios activos de las plantas, el mercado de hierbas a granel y sus derivados también crece aceleradamente desde los años ochenta, Craigg y Newman estimaron en 2003 el tamaño del mercado en alrededor de 60 mil millones de dólares, con tasas de crecimiento que oscilarían entre el 5 y el 15%. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 80% de las población mundial sigue utilizando la medicina naturista y tradicional y existen pocas probabilidades que esto cambie debido a sus bajo costes y eficiencia (Prasad et al., 2012, p. 1). Hoy se encuentra una gran cantidad de productos tales como plantas secas, ungüentos, cremas, píldoras, jarabes o extractos, etc.; todos ellos basados en la sabiduría popular de su región.

China y Estados Unidos son los principales exportadores. Solamente el ginkgo biloba registró más de 800 millones anuales en ventas (Laird, 2014) y es solo una de las miles de plantas chinas presentes en el mercado. La India no se queda atrás con la creciente aceptación de las medicinas ayurvédica, unani y siddha (Prasad et al., 2012, p. 2). En América Latina, países como México, Brasil y Perú registran incrementos considerables en sus exportaciones aunque el número de productos que han logrado ingresar con éxito al mercado es aún limitado. El mercado mundial tiene una estructura oligopólica en el que 5 o 6 compañías se disputan el mercado con millones de pequeñas y medianas empresas. Para caracterizar adecuadamente la oferta de recursos genéticos es importante comprender que 70% de los recursos biológicos del mundo se localizan en territorio indígena (Oguamanam, 2008, p. 31) y que son ellos quienes tienen informaciones muy valiosas sobre una porción significativa de las especies.

La UE es el principal importador de medicina naturista —49% del mercado— seguido por los Estados Unidos y Canadá, con el 11%. Es muy difícil dimensionar el tamaño real del mercado porque se confunde su clasificación entre medicamentos, suplementos dietéticos o cosméticos. De hecho, el sostenido crecimiento de la demanda de plantas medicinales y sus derivados en Europa obligó a la Comisión Europea a implementar un sistema comunitario de armonización, regulación y control (Vlietinck et al., 2009, p. 688), por lo que para poder comercializar nuevos productos de este tipo en Europa es necesario obtener permisos y autorizaciones que exigen la presentación de evidencias que comprueben su efectividad por al menos quince años en el país de origen de dichas plantas.

Hasta hace poco se consideraba al conocimiento tradicional como «patrimonio de la humanidad» y se pensaba que no tenía mayor significación a nivel científico, lo cual lo volvía prácticamente gratuito para las empresas que lucraban con él. Pero el acrecentado interés de compañías privadas en recursos genéticos obtenidos de animales y plantas generó reacciones y críticas a nivel internacional debido al alto número de patentes registradas sin autorización permitiendo la comercialización en condiciones de monopolio a sus portadores. Esto se conoce como biopiratería y ocurre cuando hay una extracción gratuita de la herencia cultural y genética de un pueblo con el fin de utilizarla industrialmente (Stenton, 2003).En la región andina también se han estudiado casos como el de la maca peruana o los del sapo Epipedobates, el de la sangre de drago y el de la ayahuasca en el Ecuador.

Los estudios sobre biopiratería en el país son escasos, aunque existen evidencias de que la demanda por recursos genéticos para investigación es relativamente alta. De hecho, el llamado «Primer informe sobre biopiratería en el Ecuador», publicado en 2016 por la Senescyt y el IEPI, es el único documento oficial con información más o menos detallada sobre el tema. En el mismo se establece que 128 patentes o solicitudes de patentes de inventos registrados durante los últimos años, habrían utilizado recursos genéticos de 16 especies endémicas sin autorización alguna del Estado ecuatoriano, tal como establecen el Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) y el Protocolo de Nagoya. Si bien algunas de estas especies como, por ejemplo, las algas de Galápagos y la isquarilla o yuquilla, fueron utilizadas para desarrollar fármacos, otras especies fueron destinadas para otras aplicaciones como el control de plagas. Ante esto, el IEPI anunció que se realizarían acciones para solicitar la nulidad de las patentes (García, 2015) registradas en al menos 10 países, principalmente en Estados Unidos (35) y en Alemania (33).

 El modelo de gestión de los recursos genéticos propuesto desde el CDB (2003) y el Protocolo de Nagoya (2015), busca obligar a las empresas interesadas en acceder a una información genética determinada a solicitar la autorización y compensar económicamente al Estado proveedor. A su vez, el modelo supone que las ganancias relacionadas con derechos de propiedad del conocimiento tradicional asociado serán distribuidas justa y equitativamente desde el Estado a sus dueños originales. Sin embargo, al menos en el Ecuador, todavía no se han desarrollado mecanismos que aseguren que esto vaya a ocurrir.

Por el contrario, el énfasis ha sido puesto en la definición de los mecanismos de otorgamiento de facilidades desde el Estado hacia las empresas para la bioprospección. Éstas puedan acceder a recursos genéticos con potencial industrial para ser patentados y comercializados sin derecho a posteriores reclamos jurídicos ni éticos. En todo caso, para que el Ecuador pueda implementar estos mecanismos debe ratificar el Protocolo de Nagoya, lo cual significa realizar cambios a los artículos 57, 322 y 402, de la Constitución de la República del Ecuador. El acuerdo con la UE no afectaría mayormente este modelo. La apuesta que el Ecuador debe tener como país megadiverso es no solamente vender plantas o animales para que otros investiguen, sino también realizar investigación propia orientada al desarrollo de una industria local que simplemente permita que la medicina natural tradicional —y nueva— del Ecuador y del mundo contribuya al mejoramiento de la salud pública y a las exportaciones. La UE es un mercado que podría ser muy atractivo para productos ecuatorianos de origen vegetal o animal. Las potencialidades del Ecuador son enormes, la cuenca amazónica, las Galápagos, los páramos y las gentes que las habitan guardan secretos de enorme valor; se debe hacer un esfuerzo por revalorizar este patrimonio tan menospreciado, protegerlo y, por qué no, utilizarlo para contribuir al tan anhelado cambio de la matriz productiva.